martes, 21 de enero de 2014

Claudio Abbado in memoriam

Aunque cuanto espero no esperara... Hay noticas que esperas pero nunca preparas el instante en que te sorprende la confirmación de lo esperado. Ayer moría el mayor de los ídolos de una juventud que pretendió ser emuladora y simplemente se conformó con la comodidad de la anónima indiferencia. Atestiguan ya siete lustros de existencia, treinta y cinco gordos de Navidad, tres copas de Europa, tres recesiones y tres expansiones, cinco Papas, otros tantos presidentes del Gobierno de España, demasiadas puertas grandes en las Ventas, un sólo rey de Castilla, León, Aragón, Navarra y Granada y otra en la Corte de San Jaime. Carreras, empleos, amores hasta ahora inconclusos, anticiclones y nevadas, presidencias de turno de la Unión Europea y la venida a la vida por ahora de sobrinos. 

Otra mañana, esa no tan fría, despedí a un buen maestro y amigo como fue Luís Antonio García Navarro, póstumo en el Teatro Real de Madrid; un director de los que pueden decirse que murió en acto de servicio, tras siete Parsifales a sus lomos en una combustión diaria pero con una gallardía impropia de los comunes. García Navarro no gozó de las églogas elegíacas de Claudio Abbado el día de su ocaso. Entonces este que fue su humilde colaborador y aprendiz autodidacta fue premiado con un breve espacio obituárico en dos de los grandes de las rotativas. Fue mi tributo al último de los tribunos. Hoy el renombre y la estima de quien ha cruzado la barra, de quien ha pasado hacia el otro lado como dicen los ingleses impiden a un modesto poner en papel lo que hoy coloco en la tromba de la cibernética memoria.

Cierren los ojos, atrapen el pensamiento, disfruten con las notas que sólo son iguales en el pentagrama. Hasta un francoparlante mediopensionista como lo era quien escribe hoy esto comprendió aquellas palabras y las leitmotivó para siempre. Era un Claudio Abbado espiritual, sin romana suficiente para anclarse debidamente al estrado del Auditorio Nacional de la Calle de Baldomero Espartero o más bien el Héroe de Vergara. Atestiguaron los profesores de la Orquesta de Lucerna, algún Secretario de Embajada, un par de atrileros, centenares de butacas que descansaban del peso de elegantes ternos y un colado por la puerta de atrás en la primera de las filas oyendo aquella arenga. Brotaron palabras dulces de labios en sonrisa perenne, gesto humilde, el divismo no estaba convidado. Se paró el reloj, se hizo el silencio y desapareció entre violines. Fue el ensayo general de la octava de Mahler antes de una de las representaciones de Ibermúsica.  

Yo no soy digno de merecer espacios en la prensa, nadie querría las letras de un músico frustrado; hoy salen al escenario otrora compañeros, los grandes de los homenajes y de las corcheas pero yo viví en mi mismo aquella hora de magisterio pero sobre todo de sueño. La representación del día siguiente mereció de la algazara de unos cuantos, olés por doquier de muchos si lo comparamos con no más de doscientos que vimos como se construía la música pero como se forjaba la mente sensorial de los que fuimos elegidos y que hoy seguro recordarán aquel momento y a aquel titán en cuerpo consumido.

Descanse en paz Claudio Abbado, descanse en paz mi héroe.


No hay comentarios:

Publicar un comentario