lunes, 7 de febrero de 2011

Castillos en el aire


Este el proemio de la novela de la vida que comencé a escribir hace tiempo y que sigue en su lento pero afianzado discurrir.



I

La noche era plúmbea, las calles no atestiguaban el bullicio de las noches de asueto del estío de Madrid; Londres es una ciudad diferente, llena de contrastes y cargada de impactos visuales. El otoño no había tenido piedad alguna con un breve verano de ilusiones perdidas y de largas tardes de reflexión. Caminó desde Knightsbridge cruzando todo el parque hacia su primera parada, era un paseo rituario, no podía empezar a culminar su sueño sin antes pasar por un punto en el que encontró en un momento pretérito la felicidad que entonces se avistaba eterna. Salió de la verde extensión cubierta de un manto ocre de hojas de castaños y volvió al asfalto y al salir de esa verja sintió el miedo del que cruza la barrera del infinito sin poder agarrarse a la excusa del pasado. Su corazón latía en fuertes estertores, se acercaba a ese lugar al que no quería alcanzar pero los pasos que se antojaban breves avanzaban sin rubor. Allí estaba esa meta, era el cruce de Park Lane con Oxford Street. Recordaba como tras veintidós años no había vencido a la nostalgia, era el mismo escenario, lleno de innominados testigos que transcurrían por la acera sin creer que un hombre sentía la soledad y la miseria de su propia mente. Se detuvo sin querer, no podía aguantar tanto dolor, era el día mas importante en su transcurrir por el mundo pero el amargor le hacía inútil su esfuerzo por avanzar. Los pies permanecían anclados en el mojado suelo como los espigones de los puertos, testigos mudos de la conversación con un mar que nunca cesa. Sacó su teléfono móvil, contempló su pantalla y esperó la llegada de ese mensaje. Nunca ocurrió,  era consciente que no pasaría pero las quimeras gozaban de asiento preferente en un cerebro plagado de sueños y evanescencias.   


Había que continuar, miró el reloj, le delató su retraso, comprobó que ya era el momento de avanzar. Detuvo un taxi cualquiera, entró en él en silencio, que sólo rompió para detallar al conductor cual era su destino. Conservó la intimidad de su pensamiento, miraba por la ventanilla como los edificios no acompañaban su marcha, permanecían inmóviles como esos recuerdos. Llegó uno de aquellos dorados años de la infancia en las verdes praderas y colinas de Malvern frente a un idílico colegio, rememoró aquel día que la nieve cubrió su césped. Todo eran excusas de justificación de una mente caprichosa llena de enigmas y sus variaciones.  El final del recorrido era ya cuestión de instantes y así fue pero le dijo al conductor que detuviera su vehículo justo a las espaldas del edificio, quería cumplir antes con otro objetivo...


(t.b.c)

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