miércoles, 22 de enero de 2014

¿Quién decís que soy yo?


Los más pequeños,  un torero; los que pisan poco los tendidos, un mito; quienes no nos comprenden,  un asesino; aquellos del alto del siete, una esperanza; los que peinan muchas canas, ná que ver con Manolete o Luis Miguel; los vizcaínos, un digno hijo del mismo Bilbao; los de José y Juan, fuera de discusión; mi Manuel González, ya puede uno morirse en paz; los de plata, un monstruo; los cabales... ¿quiénes son esos?

No siempre se santifican las fiestas como manda el reglamento, atendiendo y entendiendo lo que se dice en los templos. Los domingos de la primavera tardía esos de cero grados majestad sin frío ni calor, en Barcelona cuando el Madrid puede ser campeón de liga son días fastos y propicios para ser un digno entonador de la frase "yo estuve allí", de la que que bien se alardea en las barras, los mercados y hasta en los confesionarios.  A ellos hay que acudir cuando se llega tarde a Misa, se piensa en las siete de la tarde y se sueña el sacrificio profano de los naturales en lugar del venerable del altar. Que si el profeta Jeremías, que si el Salmo que habla del rescate de la fosa, que si los corintios o los tesalonicenses, que si San Lucas. Es momento de prestar atención, no es acaso tan amable santo a quien se dedica la feria de Jaen? no está encima representado por un toro alado de esos que embisten a ritmo de cuatro por cuatro? ¡Siempre pensando en lo mismo! Una madre recrimina a su hijo a que guarde silencio, ¡que estamos en Misa! y ahora me viene el flash del último capítulo de Juncal y ese búfalo mandando callar a una turista en la plaza de Sevilla, shhh, en los toros como en Misa...

Alcanzada la atenuante de la venialidad pretendida son casi las dos de la tarde, el estómago reclamando árnica y el reloj empeñado en ralentizar al máximo la llegada de la hora séptima. No es ciudad taurina la condal, se nota y  alardea de ello. Playas, ramblas, gaudies y gachises casi todas rubias y llende el Rhin cuanto menos. Siempre acoge a los raciales el buen amigo tigre; en sus fogones, gambas a la plancha, tomate partido y quintos de mahou congelados; empéñate en pedir un fanta de naranja o una ensalada de varios apellidos que el bueno del legionario te comienza a relatar el desembarco de Alhucemas. Pero, ¿no son ya las cinco? tigre, que nos vamos a los toros, que vuelve José Tomás. Un abrazo y bueno chavales dadme treinta eurillos que os habéis bebido la cara de Dios. 

La cuadrilla del arte compuesta por un italiano que quiere meterse en esto de los toros y sus dos próximos apoderados se plantan bajo los huevos de pascua gigantes, que si Salva el del 7, que si la Marquesa de la Vega de Anzo, que si los polis Moronta y el pajarita, que si Serrano Carvajal, que si Andrés Amorós que si Manolo Lozano, en la gloria bendita, rodeados de los nuestros. ¿Dónde están estos catalanes? En la playa. 

Gustaba el buen uso sevillano de poner el numero del caballito a prologar las tardes de toros de relumbrón. Daba tiempo de acomodarse en la piedra maestrante, de comprar pipas y pedir el whiskyse con mucho hielo. Un torero de Sabadell provincia de Córdoba es el nuevo caballista que hace de sparring para el número gordo. Su devenir por estas lides se va ajustar a abrir las actuaciones del esperado y ni tres naturales arrastrando la pañosa hicieron de fuelle a los 4/5 de asistentes con domicilio fuera de la Corona de Aragón a mostrar síntomas de agrado.  

Y ya son las siete y casi media, atrás casi un lustro de orfandad, de silla vacante, de transición dentro de una democracia que no ha convencido a casi nadie. De Galapagar el tocado de la gracia, de azul josétomás y oro, enjuto y escurrido de carnes, de cejas tirantes, manos dispuestas a ordenar a las muñecas a enfilar giros de muchos kilos de billetes; su presencia es coloso de Rodas y faro de Alejandría. Proemió la hazaña con un quite  por esas chicuelinas bajas bajas de cintura y de grito unánime de que vivan los Padres Jesuitas. Sólo ver el desprecio artista ante su oponente merece la pena recorrer centenas de millas. El toro inmóvil en la boca de riego, impávido ante un rival al que sólo puede encomendar su vida para una gloria desigual, uno al limbo de los justos, el otro al olimpo y al tomo 14 del Cossio que no existe pero debería redactarse solo con los testimonios de los que vieron la vuelta del que llevaban esperando. La lidia es un estado de ánimo que diría Valdano, el toque del percal es simbiótico, capotazos los imprescindibles y el cuatreño de Cuvillo reservando el resuello para la entrega absoluta. A Zabala padre le gustaba mucho decir eso de los toreros dejando el toro en suerte y saliendo por el pescuezo del caballo, va por ti maestro, que disfrute debieron tener en el balconcillo del vomitorio arcano viendo al enviado a reconquistar el reino de su mundo. Lo mandaron desde allí. En la tromba de naturales me viene a la cabeza lo poco que recordaba del Evangelio, ¿quién decís que soy yo? Pedro le contestó que el Mesías. Era el título perfecto de esta crónica mundana pero es previsible que alguno comparta el titular y por eso formulo la pregunta a la que yo respondo.

Yo digo como los más pequeños, eres un torero.

martes, 21 de enero de 2014

Claudio Abbado in memoriam

Aunque cuanto espero no esperara... Hay noticas que esperas pero nunca preparas el instante en que te sorprende la confirmación de lo esperado. Ayer moría el mayor de los ídolos de una juventud que pretendió ser emuladora y simplemente se conformó con la comodidad de la anónima indiferencia. Atestiguan ya siete lustros de existencia, treinta y cinco gordos de Navidad, tres copas de Europa, tres recesiones y tres expansiones, cinco Papas, otros tantos presidentes del Gobierno de España, demasiadas puertas grandes en las Ventas, un sólo rey de Castilla, León, Aragón, Navarra y Granada y otra en la Corte de San Jaime. Carreras, empleos, amores hasta ahora inconclusos, anticiclones y nevadas, presidencias de turno de la Unión Europea y la venida a la vida por ahora de sobrinos. 

Otra mañana, esa no tan fría, despedí a un buen maestro y amigo como fue Luís Antonio García Navarro, póstumo en el Teatro Real de Madrid; un director de los que pueden decirse que murió en acto de servicio, tras siete Parsifales a sus lomos en una combustión diaria pero con una gallardía impropia de los comunes. García Navarro no gozó de las églogas elegíacas de Claudio Abbado el día de su ocaso. Entonces este que fue su humilde colaborador y aprendiz autodidacta fue premiado con un breve espacio obituárico en dos de los grandes de las rotativas. Fue mi tributo al último de los tribunos. Hoy el renombre y la estima de quien ha cruzado la barra, de quien ha pasado hacia el otro lado como dicen los ingleses impiden a un modesto poner en papel lo que hoy coloco en la tromba de la cibernética memoria.

Cierren los ojos, atrapen el pensamiento, disfruten con las notas que sólo son iguales en el pentagrama. Hasta un francoparlante mediopensionista como lo era quien escribe hoy esto comprendió aquellas palabras y las leitmotivó para siempre. Era un Claudio Abbado espiritual, sin romana suficiente para anclarse debidamente al estrado del Auditorio Nacional de la Calle de Baldomero Espartero o más bien el Héroe de Vergara. Atestiguaron los profesores de la Orquesta de Lucerna, algún Secretario de Embajada, un par de atrileros, centenares de butacas que descansaban del peso de elegantes ternos y un colado por la puerta de atrás en la primera de las filas oyendo aquella arenga. Brotaron palabras dulces de labios en sonrisa perenne, gesto humilde, el divismo no estaba convidado. Se paró el reloj, se hizo el silencio y desapareció entre violines. Fue el ensayo general de la octava de Mahler antes de una de las representaciones de Ibermúsica.  

Yo no soy digno de merecer espacios en la prensa, nadie querría las letras de un músico frustrado; hoy salen al escenario otrora compañeros, los grandes de los homenajes y de las corcheas pero yo viví en mi mismo aquella hora de magisterio pero sobre todo de sueño. La representación del día siguiente mereció de la algazara de unos cuantos, olés por doquier de muchos si lo comparamos con no más de doscientos que vimos como se construía la música pero como se forjaba la mente sensorial de los que fuimos elegidos y que hoy seguro recordarán aquel momento y a aquel titán en cuerpo consumido.

Descanse en paz Claudio Abbado, descanse en paz mi héroe.