Tras un debut de excesivas guirnaldas florales que sirve de exordio a este libro de barata edición quiero pensar en el alto de las voces escritas una nueva reflexión que me lleva tras ver una de las películas que se merecen restar en el sueño de mis tiempos.
A lo largo de casi dos lustros he cruzado los dinteles de salas de cines con quien mucho he querido, hace unos días volví a atravesar la puerta de un espacio intimista, recogido y acogedor pero sobre todo rompedor con aquellas veces de ilusiones iniciales, de rutinas deseadas y de risueños siempre sies. Y lo hice acompañado por la parte de mi que me negaba el placer de las buenas proyecciones para darle gusto a la otra parte que lloraba hurgando en los recuerdos.
The King's speech, el discurso del Rey, un Jorge VI para la historia, Alberto para su nacimiento y Bertie en las intimidades; una persona aparentemente desdichada que suple sus desdenes naturales con la presencia de una mujer de un carisma sin desaliento, una madre recordada y una esposa entregada.
En los albores de intangibles navidades se anunciaba en cartel y en mi expectación una película que se señala en rojos concéntricos de indispensables atenciones. Es la mía, quien sino un anglófilo identificado y militante supernumerario puede sino deleitarse en la vida de un tartamudo monarca, el gobernador de un pueblo que asciende ese monte de piedad de suplir la aventura de amor incuestionable de un hermano que precursor de tejidos sartoriales, bon vivant de una Europa deprimida pignora el trono de occidente.
Mi reino no es de este mundo pensó Eduardo VIII cuando pronunció a los confines del Imperio con la voz cristalina que su hermano apenas logró desenturbiar : "I have found it impossible to carry the heavy burden of responsibility and to discharge my duties as King as I would wish to do without the help and support of the woman I love" que viene a significar : " He encontrado imposible de sobrellevar la pesada carga de la responsabilidad y de dispensar mis tareas de Rey como habría sido mi deseo sin la ayuda y apoyo de la mujer que quiero". ¿No es acaso una renuncia sincera? ¿puede ocultar la alargada sombra del deber? ¿se esconde en ellas el lavatorio de Pilatos para guiar a un pueblo por las cañadas oscuras de la guerra?
Los que seguimos creyendo en el amor y nos cautivamos en sus veleidades acogemos como un acto de infinito cariño la renuncia de la opulencia por el vacío contable que ofrece la compañía y la admiración recíproca que aporta réditos de perpetua rentabilidad. Es el reino del amor el que alcanza a villanos y mortales en equiparación de cabezas coronadas, no entiende de gothas y linajes, es de mundos cotidianos.
No es acaso comparable el amor con una tartamudez, a veces liviana otras severa; no empieza tan fuerte como el deseo de pronunciar la palabra que se ansía, en ocasiones se atora buscando su salida como la sílaba que díscola en la cabeza y en el alma te impide pronunciarla en sentimientos que se enfrentan. Pero cuando engranan sus piezas y se lubrican con los aditivos de respeto, honestidad, paciencia, fidelidad, defensa, alabanza y sobre todas confianza, se puede decir en viva voz sin ayudas de logopedas que se quiere querer con pasión.
En el cine y en los sueños toda realidad es una mera paradoja, el existir que nos contempla nos hace ver que el amor hace pasar el tiempo y este hace pasar a aquel solo excepcionado en contables dedos de una mano, enjoyados o desnudos, gruesos o estilizados, en unos dedos siempre cuidados. El cine dura dos horas, los sueños otro tanto y son en veces indelebles pero la vida dura lo que el destino la encomienda, y en el postrero de sus días convocarán el examen del amor, con un solo llamamiento, el amor teresiano al Señor Sacramentado y el amor de Pere Casaldáliga que abre el corazón lleno de nombres tras estas pregunta : ¿has vivido? ¿has amado?